Quizás se recuerde mejor al rey Alfredo por permitir que se quemaran unos pasteles (una leyenda inglesa), pero hizo algo mucho más significativo y de valor duradero. Usó los diez mandamientos, entregados al pueblo judío siglos antes, como fundamento de la ley inglesa. Instintivamente sabía que contenían la receta para una sociedad segura y próspera. El secreto que todos ellos contienen es el respeto. Respeto primero por Dios, por su singularidad, su naturaleza, su nombre, su día especial; luego respeto por los demás, nuestras familias, la vida misma, el matrimonio, la propiedad y la reputación. Las iglesias han instado a sus miembros a memorizar los Diez Mandamientos, junto con el Padrenuestro y el Credo de los Apóstoles, a menudo colocando los tres en la pared como resúmenes de la fe y la vida cristianas, además de utilizarlos en el culto. Pero ¿cómo pueden unos principios establecidos hace tanto tiempo y tan lejos ser pertinentes para la sociedad contemporánea? En palabras de un traductor del Nuevo Testamento (J. B. Phillips): "Por el borde recto de la ley de Dios descubrimos lo torcidos que somos". Solo después de este descubrimiento estamos preparados para considerar el evangelio de Jesús.
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