La figura del automóvil se encuentra en una encrucijada única de fuerzas que operan tanto a escala personal como global. Para subrayar la importancia macroeconómica de los coches, basta con recordar las dimensiones de la crisis de la industria automovilística de 2008, que a menudo implicaba que la industria del automóvil era la base necesaria de la actividad económica como tal. Por otro lado, nuestra relación individual con nuestros automóviles presenta muchas características de prótesis orgánicas o extensiones virtuales de nuestros cuerpos; basta con ver la multitud de formas de 'tunear' un coche. El objetivo de este artículo es, por lo tanto, explorar el papel del coche como lugar de mediación entre la economía libidinal y la economía política. Sin salir del marco psicoanalítico lacaniano general, mi argumento se basa en gran medida en la concepción de Bernard Stiegler de la tecnicidad como lugar privilegiado de la subjetivización, o la coemergencia de los cuerpos individuales y sociales. Procedo a una lectura detallada de varias películas explícitamente orientadas al automóvil producidas durante la década de 1970 (Vanishing Point, Two-Lane Blacktop) y las contextualizo históricamente mediante un análisis de películas de la última década (Transformers, Drive, The Fast and the Furious).
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