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En la tierra donde el absurdo no es anomalía sino norma constitucional, donde el himno nacional suena como banda sonora de un sainete sin final, y donde las ideologías no son principios sino disfraces de temporada, nació esta historia: la de un país en llamas que fue gobernado por un exguerrillero convertido en bufón de la ONU, y saboteado por un uriabismo tan eterno como su cinismo. Esta no es una crónica política. Es un diagnóstico tragicómico de la metástasis institucional de una nación adicta a las falsas esperanzas.
Chibchombia, bautizada por sus ancestros con sangre indígena y
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En la tierra donde el absurdo no es anomalía sino norma constitucional, donde el himno nacional suena como banda sonora de un sainete sin final, y donde las ideologías no son principios sino disfraces de temporada, nació esta historia: la de un país en llamas que fue gobernado por un exguerrillero convertido en bufón de la ONU, y saboteado por un uriabismo tan eterno como su cinismo. Esta no es una crónica política. Es un diagnóstico tragicómico de la metástasis institucional de una nación adicta a las falsas esperanzas.

Chibchombia, bautizada por sus ancestros con sangre indígena y ambición española, fue durante décadas el juguete roto de una derecha corrupta, maquillada de centro y siempre dispuesta a vender la patria en cómodas cuotas a cambio de contratos, notarías y embajadas. Y cuando la indignación popular alcanzó su punto de ebullición, cuando los excluidos, los indignados, los huérfanos del sistema exigieron cambio, apareció él: el Comandante del Caos.

Exguerrillero, reciclador de discursos, poeta frustrado, ambientalista de cumbre y populista de tarima. Prometió refundar el país desde sus ruinas, construir una nueva historia sin banqueros ni paracos. Y ganó. Arrasó en las urnas con una ola de esperanza que parecía definitiva. Por fin, decían muchos, la izquierda gobernaría. Por fin alguien sin pedigree de club social tomaría el timón. Por fin, se cerraría el ciclo de los mismos de siempre.

Pero en vez de revolucionar el Estado, lo convirtió en una tarima personal. Cada foro internacional fue su reality. Cada micrófono, su púlpito. Gobernaba con metáforas, con rabietas, con hilos en Twitter y arengas eternas. Luchaba por Gaza mientras ignoraba Guainía. Se abrazaba con dictadores como Malduro y se enfrentaba al emperador del norte -el "Tío Sam con Alzheimer"- creyéndose el comandante de la rebelión global... cuando apenas lideraba un gabinete lleno de novatos, cuotas y egos mal entrenados.

Mientras tanto, el uriabismo oportunista, maestro del disfraz, no se fue. Cambió de nombre, de eslogan, de peinado. Se hizo oposición, luego aliado, luego enemigo interno, luego víctima. Como cucaracha tras el apocalipsis, sobrevivía a todo: escándalos, masacres, falsos positivos, coimas y silencios cómplices. Mientras el comandante improvisaba reformas que se caían solas, el uriabismo sacaba pecho como si no tuviera responsabilidad en la miseria estructural que fingía criticar.

Entre uno y otro -el revolucionario de cartón y la oligarquía camaleónica- convirtieron a Chibchombia en una tragicomedia nacional. Un país donde los paros se hacían contra el propio gobierno, donde los ministros duraban menos que una canción en TikTok, donde la paz era una marca más que una política, y donde la izquierda perdió su momento histórico a manos de un narcisista mesiánico que confundió liderazgo con monólogo.

Esta es la historia de cómo el Comandante del Caos destruyó la credibilidad del cambio con la ayuda involuntaria de sus enemigos... y la complicidad activa de su propio ego. De cómo un pueblo sediento de justicia terminó comiéndose otro cuento. Y de cómo el uriabismo, siempre agazapado, esperando a que el barco se hundiera para decir, con cinismo de reptil: "Se los dijimos", mientras preparaban el regreso triunfal... al mismo desastre de siempre.

Bienvenidos a Chibchombia en Llamas, donde el futuro fue secuestrado por un comandante sin brújula y un pasado que nunca se quiso ir. Aquí no hay héroes, solo ambiciosos. No hay revolución, solo teatro. Y el pueblo, como siempre, aplaudiendo, llorando... o esperando el próximo redentor de cartón.


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Autorenporträt
David Francisco Camargo Hernández. Nacionalidad Colombiano. Escritor, humanista y economista con especialización, maestría y doctorado. Artista plástico. Inventor. Guionista. Becario de universidades europeas. Director Fundación Sueños de Escritor y ediciones Dafra. Premios literarios y académicos en los años 2001-2005-2008-2010-2016-2017 en eventos internacionales. Profesor de posgrado. Investigador CVLAC Colciencias. Conferencista internacional basando los temas en sus propios libros. Propende por una economía «más humana, más igualitaria, capaz de contribuir a mejorar la calidad de vida de la comunidad». En 2010 algunas de sus publicaciones fueron traducidas a varios idiomas. Una de las más destacadas se titula: "cómo regionalizar el país". Y por «su sobresaliente trayectoria literaria y pensamiento