Y entonces entra ella: "la enfermera Alana Keller, labios rojos, curvas generosas, bata adherida a su cuerpo caliente." Él no oye el menú, sólo la respiración, el temblor, el instinto. Mira su culo, sus muslos, la sonrisa tímida. La guerra puede esperar: hay cuerpos destinados a curarse con otros cuerpos. Y algunos soldados sólo encuentran la paz entre sábanas revueltas.
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