Hasta aquí, todo bien. Jesús definió su misión como la de ser enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel, pero esa responsabilidad siguió ampliándose a pesar de sus reticencias. ¿A quién no incluía? Creyó ser el Mesías de Israel, pero se dio cuenta de que había firmado para ser el Salvador del mundo. Cuando comprendió la magnitud del desafío, ya era demasiado tarde: el momento del Huerto de Getsemaní estaba sobre él.
Con temor y temblor, asumió la enorme tarea de ser el punto de apoyo sobre el que todo giraría. Los sumos sacerdotes hicieron sus apuestas, Pilato hizo lo que pudo y los discípulos cerraron sus puertas para evitar que la noche los alcanzara, pero todo tuvo poco efecto: el plan de Dios estaba en marcha y la intención divina no sería negada.
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