Pero también hay días en que el mismo mundo se desmorona. Las paredes se cierran, el tiempo se arrastra, y el cuerpo pesa como si llevara siglos acumulados. No hay color, ni impulso, ni voz suficiente. Todo es duda, todo es carga, todo es nada. En esos momentos, me pierdo incluso de mí.
Mi mundo bipolar no es solo cambio: es choque. Es vivir con una brújula rota entre polos opuestos, sin saber cuándo el viento cambiará. Pero en ese caos también hay belleza: la intensidad, la verdad desnuda, la capacidad de sentirlo todo. Es un mundo difícil, sí, pero también profundamente humano.
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